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¿QUÉ HARÁS CON DIOS?

_Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario; porque Dios escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos. Si tú le buscares, lo hallarás; mas si lo dejares, él te desechará para siempre. 1 Crónicas 28:9_

Brillaba el sol, imponente, en el cielo azul. Miles de personas, reunidas en la plaza de Jerusalén, aguardaban el discurso del rey. Entre ellos, jefes de las tribus, comandantes de las divisiones de guerra, ministros de estado, oficiales poderosos y soldados.

Silencio sepulcral; siempre que el rey hablaba era así. ¿Qué tendría para decir? David ya era anciano. Había tenidos momentos de gloria; había probado, también, el sabor amargo de la derrota; había reído, llorado. En fin, había vivido.

Llegó el momento de entregar el reino a su sucesor. El elegido por Dios era Salomón, su hijo. El pueblo estaba reunido en la plaza, con motivo de oír el discurso de sucesión.

El texto de hoy fue extraído de esa disertación. El anciano rey miró al joven príncipe, y le recomendó: “Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario”.

Según David, estos serían los secretos de un reinado feliz. En el hebreo, el verbo “reconocer” es Yadá, que significa “tener consciencia de”. Si Salomón quisiera ser un rey próspero y feliz, debería tener consciencia permanente de Dios. Si, por esas cosas de la vida, el joven rey se olvidase de Dios, comenzaría su decadencia.

El otro secreto era: servir a Dios con corazón perfecto. La palabra hebrea para “perfecto” es Shalem, que connota integridad, totalidad, plenitud; pero, también significa paz. En otras palabras, no es posible tener paz en el corazón ni ser feliz, si no se sirve a Dios de manera completa e íntegra. Un servicio a medias destruye la paz del individuo: o eres o no eres. O lo sirves o no lo sirves. Servirlo por la mitad es destructivo; te roba la paz y la tranquilidad de espíritu.

El consejo de David a su hijo Salomón vale también para ti y para mí, hoy. No salgas de tu casa sin la seguridad de que el Señor Jesús va contigo. Sírvelo de manera íntegra, y sé feliz. Recuerda las palabras de David: “Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario; porque Dios escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos. Si tú le buscares, lo hallarás; mas si lo dejares, él te desechará para siempre”.

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