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LUZ Y SALVACIÓN

_Dios es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Dios es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? Salmos 27:1_

Un día me llamó telefónicamente un empresario que atravesaba por un momento financiero difícil. Nada le salía bien. Desde el punto de vista humano había hecho todos los ajustes necesarios para sacar a su empresa de la quiebra, pero todo parecía inútil.

“Necesitaba pasar por esta prueba para saber que mi cristianismo y mi confianza en Dios no era pura teoría” –me dijo angustiado. “Confiar en Dios cuando la empresa crecía era fácil, pero hoy estoy a la puerta del quebranto financiero y comprendo que nunca fui un buen cristiano”, terminó diciendo.

¿Ya experimentaste tú el desánimo en los momentos difíciles de la vida? ¿El verdadero cristiano nunca flaquea? ¿Su fe permanece inquebrantable en medio de la misma tormenta?

Tal vez tú tengas que leer todo el Salmo 27. Escogí para el devocional solo un versículo. El salmista expresa en él toda su confianza en Dios. “Dios es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Dios es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?” —pregunta. ¡Qué confianza!

Los primeros 6 versículos de este salmo son declaraciones extraordinarias de confianza en Dios. “Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado” -declara el salmista en el versículo 3.

Pero, de repente, en el versículo 7 acontece algo extraño. Toda aquella confianza desaparece. En la segunda mitad del salmo, encontramos a un David amedrentado. “Oye, oh Dios, mi voz con que a ti clamo; ten misericordia de mí, y respóndeme”.

¿Qué pasó con toda la confianza de la primera parte? Nada. Estaba ahí, en el mismo lugar. Solo que el corazón del salmista es un corazón humano, como el tuyo y como el mío. Tan humano como el de Jesús en la cruz del Calvario, al preguntar a su Padre: “¿Por qué me abandonaste?”

El Padre no lo había abandonado. Así como no abandonó a David en medio de la tribulación y como no te abandonará nunca a ti, aunque tu corazón a veces, presionado por el dolor y el sufrimiento, sienta que Dios no se acuerda de ti.

Por eso hoy, sea que todo ande bien a tu alrededor, o que la tormenta intimidatoria parezca que va a hundir tu embarcación, ora a Dios diciendo: “Dios es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Dios es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?”

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