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¿INOCENTES O CULPABLES?

_Nuestra alma escapó cual ave del lazo de los cazadores; se rompió el lazo, y escapamos nosotros. Salmos 124:7_

Era joven y linda. No debía tener más de dieciséis años. Era demasiado joven para llorar. No era lo suficientemente adulta como para ver las trampas de la vida.

“¿Qué me aconseja? Hoy en la tarde mi novio me golpeó, delante de mucha gente –me dijo llorando– Yo sé que debo dejado, pero lo quiero”.

No necesitaba ningún consejo. Luchaba consigo misma. Con sus sentimientos. Se engañaba al justificar que aquello había sido apenas un “momento de rabia”, que en el fondo era un buen muchacho.

Nuestro próximo encuentro ocurrió dieciséis años más tarde. Ya no era tan joven, ni tan linda. Estaba destruida por el dolor y el sufrimiento que cargaba como una cruz a lo largo de los años. Ahora ya estaba separada del marido que la había golpeado tantas veces.

¿Qué decide? ¿Que ella sabía lo que le esperaba si seguía adelante con aquel noviazgo? Sería cruel. ¿Para qué abrir más las heridas que hacía tanto tiempo que sangraban?

En el versículo de hoy, el salmista alaba el nombre de Dios por sus obras de justicia y de liberación. Jesús vino a este mundo y rompió el lazo que nos amarraba. Estos lazos no son solamente lazos exteriores. Las verdaderas trampas están dentro de nosotros mismos y no queremos reconocerlas.

¡Con qué frecuencia decimos que fuimos engañados! Nos consideramos víctimas. Los culpables de nuestro sufrimiento casi siempre son “los otros”. Mientras no nos libremos de esa manera ingenua de pensar, difícilmente seremos felices. El poder del evangelio no se revela solo en los hechos extraordinarios que Jesús puede hacer con nuestros enemigos externos, sino también con lo que él está dispuesto a hacer dentro de nosotros mismos.

Jesús vino a liberarnos de la “ingenuidad”. Él llega a nuestra vida para abrir nuestros ojos a fin de que podamos ver la realidad de la vida y dejemos de “hacer de cuenta”, engañándonos por voluntad propia.

Este es el valor de la enseñanza bíblica. Quita el velo, ilumina el camino, abre la ventana del corazón oscuro, para que entre la luz y podamos tomar decisiones y actitudes sabias.

Basta de sentirnos víctimas, porque ahora “nuestra alma escapó cual ave del lazo de los cazadores; se rompió el lazo, y escapamos nosotros”.

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