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¿CUÁN GRANDE ES TU DIOS?

_Grande es Dios, y digno de ser en gran manera alabado en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo. Salmos 48:1_

¿Cuan grande es tu Dios? A muchos les gustan los dioses pequeños. Marionetas que pueden dirigir. Dioses que aprueben lo que la criatura hace y que estén siempre a su servicio. Los hombres se sienten bien con ellos.

Este tipo de dios hace mal. Puede calmar la conciencia así como un comprimido calma el dolor de muelas, por un instante, pero no cura. Es un simple paliativo, un apósito que cubre una herida infectada. Son dioses de mentira. Pura ilusión. Simple “energía”, “luz” o “aura”.

Pero, el salmo de hoy nos habla de un Dios grande, soberano y personal.

El salmista no trata de definir a Dios. Solo lo describe. Así son las cosas con Dios. Tú puedes aceptarlo o rechazarlo. Eres libre. Pero, si no lo aceptas, no por eso cambia la existencia divina ni sus propósitos. Él continua siendo Dios, soberano y eterno.

¿Por qué debe el Señor ser alabado? Porque existe una relación personal entre él y sus criaturas. No es un Dios ausente. No desaparece ni se “lava las manos”. No es únicamente una fuerza, sin personalidad. “Dios es amor” (1a. Juan 4:8). Dios creó al ser humano por amor. Por amor compartió su vida y ante ese hecho, la criatura se siente bien, se siente cómoda y siente el deseo de enaltecer su nombre, de celebrar, cantar, glorificar. Eso es justamente lo que significa la palabra hebrea halal, que en castellano se traduce como “alabanza”.

Hay otro pensamiento en el versículo de hoy. Debemos alabarlo “en la ciudad de nuestro Dios”. Cuando este salmo fue escrito, Jerusalén era considerada la “ciudad de Dios”. Por tanto, esta invitación es para que lo alabemos en la iglesia. Hay algo especial cuando los hijos de Dios se reúnen para alabar. La alegría de uno pasa al otro. El espíritu de adoración es contagioso. Puede ser que tú estés cargando un problema, o te sientas triste y afligido, pero cuando entras en la “casa de Dios” y te congregas con los otros adoradores, repentinamente comienzas a darte cuenta que tu Dios es grande.

¿Y para qué todo esto? ¿Solo para que Dios se sienta bien? No, el que pasa a sentirse bien eres tú, porque si tu Dios es grande, no hay problema que no pueda resolver.

Haz una prueba: Asiste a la iglesia, alaba al Señor y verás que la vida es más fácil de ser vivida. Y no te olvides hoy que “grande es Dios, y digno de ser en gran manera alabado en la ciudad de nuestro Dios”.

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