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_Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Santiago 3:16._

Fue apenas el gesto de una extraña; una mirada fugaz, interpretada de modo equivocado en el laberinto de la mente de ella. A partir de allí, cada palabra que salía de su boca era una saeta cargada de ironía y de doble sentido. Habría heridas en el corazón del joven esposo; le hacía sangrar gotas de dolor profundo.

Fantasmas imaginarios invadían el mundo de Manuela. No quería verlos; intentaba rechazarlos. Y, sin embargo, se asustaba y corría a esconderse en la ironía de sus palabras y en la confusión de sus agresiones. El matrimonio no duró cinco años. El saldo, triste: dos vidas semidestruidas y un niño con los padres separados.

Los celos, “el vicio de la posesión”, como Jacques Cardonne los denomina, han sido, desde la entrada del pecado, la causa de muchas infelicidades. Podríamos definirlos como un estado emotivo de ansiedad, que domina por completo a una persona. Se caracteriza por el miedo ante la posibilidad de perder lo que se tiene, o se considera que se tiene o se debiera tener. Puede ser el amor, el poder, la imagen profesional o social, en fin.

Manuela quedo sumergida en un mar profundo de tristeza y de angustia. Empezó a perseguir al ex esposo; fue a parar a la prisión, por intento de asesinato. Y solo allí, sin saber adonde ir en busca de auxilio, entregó el corazón a Jesús.

Con frecuencia, el ser humano corre la carrera que no tiene fin. Busca sin encontrar, hasta que, un día, extenuado de intentar e intentar, cae sin fuerzas en algún rincón de la vida, esperando el instante fatal.

Fue en esas circunstancias que Jesús encontró a Manuela. Su amor infinito llenó el vacío del finito corazón de la joven desesperada; curó sus heridas. Y ella entendió que no necesitaba tener, ni poseer ni apoderarse de lo que nadie entrega por la fuerza: el amor.

Ya pasaron años de esto. Muchos soles salieron y se pusieron; muchas lunas cambiaron de forma y se renovaron. Y Manuela continúa sintiendo el corazón lleno del amor a Jesús.

Hoy es, también, un nuevo día para ti. Cada día es nuevo, porque es la hoja en blanco que Dios te entrega con el fin de que escribas una nueva historia. Tómate de la mano de Jesús; siente su amor. Yergue la cabeza, y mira hacia los horizontes sin fin, recordando que “donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa”.

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